La inteligencia artificial puede transformar productividad, empresas y mercados, pero la escala de inversión necesaria para sostener esa promesa empieza a generar otra conversación: qué ocurre si el retorno económico tarda más de lo esperado.
Pablo Hernández de Cos, director general del Banco de Pagos Internacionales, advirtió que el boom de IA está creando nuevos riesgos para la estabilidad financiera. La preocupación no parte de negar el potencial de la tecnología, sino de observar cuánto capital está entrando en infraestructura y bajo qué supuestos de crecimiento futuro.
La magnitud de la inversión empieza a parecerse a otras grandes olas tecnológicas
El BIS estima que las cinco mayores tecnológicas del mundo invertirán más de un billón de dólares en inteligencia artificial entre 2025 y 2026 y que la inversión global podría acercarse a cuatro billones hacia 2030. Buena parte de ese dinero se está destinando a chips, centros de datos, energía y redes.
Al mismo tiempo, los estudios citados por el organismo muestran mejoras de productividad de entre 10% y 65% en tareas específicas. El problema es que una mejora dentro de una tarea no se convierte automáticamente en crecimiento para toda la economía. Las empresas tienen que reorganizar procesos, adoptar herramientas y reasignar trabajadores antes de capturar esa productividad de manera sostenida.
Por eso el BIS insiste en distinguir entre una tecnología con potencial real y el precio que los mercados están dispuestos a pagar hoy por ese potencial.
El riesgo aparece cuando las expectativas se financian con deuda
Hernández de Cos puso atención especial en estructuras financieras cada vez más complejas alrededor de proyectos de IA. Muchos centros de datos y activos energéticos no son financiados únicamente con efectivo de las grandes tecnológicas, sino a través de deuda, fondos privados y vehículos que pueden hacer más difícil identificar dónde termina concentrándose el riesgo.
Si los ingresos de la IA crecen más lento que las inversiones, algunos activos podrían perder valor y aumentar la presión sobre quienes financiaron proyectos suponiendo una demanda permanentemente alta.
La comparación con los ferrocarriles o la burbuja puntocom resulta útil. Ambas olas construyeron infraestructura que terminó transformando la economía, aunque también dejaron exceso de capacidad y pérdidas para inversionistas que pagaron demasiado por adelantado.
El BIS agrega otra dimensión: la automatización ya está afectando tareas en atención al cliente, programación y administración. Eso significa que la IA puede mover simultáneamente productividad, empleo, precios de activos y condiciones financieras, complicando el trabajo de bancos centrales.
La señal es que el debate empieza a madurar. La pregunta ya no es si la IA será importante, sino cuánto de la inversión actual puede convertirse en ingresos suficientes para justificar la escala del gasto. Una tecnología puede cambiar el mundo y aun así producir una burbuja en algunas partes de la cadena.